​Aniana se llamaba y era su nombre un vaivén como sus pasos, tranquilos, desde una estancia a otra.

Afuera llueve, aquí, en su casa que cuido para evitar que se escape la esencia que guardo de ella.

Crepita la leña y la evoco envuelta en recuerdos:

Las natillas cocinadas, por las noches, mientras yo miraba su espalda y su mano en la cuchara con la danza sinuosa de la leche.

Sus pasos  sobre las crujientes baldas de madera; y aquella escalera que pisaba lenta. Aquello era paz y, consuelo, su regazo de pan caliente.

Como entrar en sagrado; el umbral de su puerta protectora, y adentrarme en su templo; la calma.

Y las tardes de estío sentada  junto al portal, contemplando a las gentes sencillas, preguntando con la voz inocente y ansiosa de vida.

El gracioso paseo, lento, de aquel delantal con cuadritos negros y los bolsillos llenos de… ¡Ay, y aquel lapicero, apurado, en sus dedos!

Y sus manos, esas manos de mi abuela, esa seda, ese chorro de hilo de agua templada. 

No llegó a beber de mis versos, pero yo la he guardado en un libro, con su casa y sus cosas pequeñas.

No se fue, la contengo y recuerdo a mi lado.

La lluvia acaricia el cristal como un beso sutil de sus labios.