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¡Buu…!, Madrid 1963.

Gerardo Vielba

 

Aquella tarde conocí a su hija Isabel. Un amigo común y mi primera novela nos acercaron. La red extendió sus, a veces, maravillosos hilos y nos tejió un tierno puente donde cruzábamos palabras, impresiones, versos e imágenes.

La primera de aquellas imágenes que atrajo poderosamente mi atención fue un retrato, en blanco y negro, de una señora con una belleza y elegancia que traspasaba la foto, sosteniendo en sus brazos a una pequeña con unos ojos de una profundidad como dos pozos. Me impresionó tanto la belleza de la fotografía, que le pregunté a Isabel quién era el artista que tomó aquella instantánea;  ella, rebosando orgullo, dijo que se trataba de su padre: Gerardo Vielba, ingeniero aeronaútico, fotógrafo, crítico fotográfico y presidente de la Real Sociedad Fotográfica desde 1964 hasta 1992.

En sucesivas conversaciones se trasparentaba toda aquella influencia que el padre había ejercido sobre su hija: el amor a la literatura (él fue finalista en un concurso de novela corta), a la pintura, al arte en general. Isabel irradiaba una sensibilidad, especial y diferente, que la hacía destacar.

Leyó mi novela y compartió conmigo comentarios generosos que me imprimieron fuerza para continuar con el placer de la escritura. La lectura de mi libro le hizo recordar la tierra manchega de su tía. Ya había otro vínculo más entre las dos. Le prometí que en el próximo viaje que hiciera a Madrid iría a conocerla, y así fue.

Podría hablaros de los abrazos auténticos que sentí, de la energía que destilaba, del brillo de sus ojos bañados por el sol que atravesaba el cristal de aquel bar, pero prefiero guardar otro instante como el mejor de aquella tarde.

Metió su mano en  el bolso, extrajo un pequeño libro en blanco y negro, lo depósito en mis manos y con una mirada líquida directa a mis ojos me dijo: “Mira lo que te estoy entregando, conservo muy pocos, para que sepas lo que significas para mí”. Aquello me desbordó, acabábamos de conocernos o, quizá, ella me conoció a través de mi libro más de lo que yo podía imaginar. Sentí una generosidad que se abalanzaba sobre mí, sin merecerla, y comprendí que, aunque a veces dudo de los seres humanos, aún hay gente auténtica, generosa y llena de amor.

Quiero que Isabel sepa que, en mi casa, custodio ese libro como un gran tesoro. Que, de vez en cuando, lo ojeo, “a sorbitos”, para deleitarme en cada imagen. Que mis dedos acarician sus hojas en blanco y negro como las teclas de un piano, con suavidad, en clave de sol y fa, para escuchar, con mis ojos, la elegancia de la música que él compuso en cada fotografía. Y me pasea por Santarder, Llanes, Alicante, Cuenca, Madrid, Pastrana, Gran Canaria, Mallorca y París. Porque él sigue allí, impregnado en el momento: en el humo del cigarro de aquellas mujeres, en los niños de las calles, en los gestos de los hombres trabajando, en el ápape de la comunión de Isabel, en aquellas procesiones y en el umbral de las puertas.

Siempre había escuchado aquello de:  detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer, pero, hoy, yo quiero deciros que:  detrás de una gran mujer, hubo un maravilloso hombre: Gerardo Vielba.