Apágame y extiende un estor de un llano de agosto seco.

Amainame el pulso 

para que el latido de mi tinta no forme un coágulo de impulsos.

Colapsa mi respiración y véndame los ojos.

Tapa mis oídos y, aún así, seguiré sintiendo:

veredas donde no hubo huellas,

torrentes donde no hubo cauces,

música en este silencio marchito de ausencias, 

seda en la estraza

y azul en el lodo.

¡Que me apagues, te digo!

Ciérrame ya los ojos.

Aunque solo me quede el olor a la tierra mojada,

a la lavanda y al jazmín que nos sembramos.

Quédate ahí si tú quieres izar la bandera blanca.

Pero a mí…,

a mí déjame que arda.