Hay tardes, como esta,

que caen como un guijarro al agua.

Hundida y muda bosteza.

No se hará, la palabra, sonido.

Alarga sus perezosos dedos

y escribe en la niebla.

Incomprensibles pisan hondo los minutos.

Las hojas que se arquean

exigen lacerantes símbolos.

La bruma de tus ojos

pierde el rumbo

y se alarga el sonido del mar.

¿Por qué no nos quitamos

los relojes?

La estación ya no espera,

los trenes desesperan

y aún llevamos en mayo jersey.

No te lo he dicho aún,

pero extraño ser la llama

que se extinga entre tus brazos.

Ya sé que soy intensa,

protesta la tarde

ante mi quejumbre.

Sé que te irás

y estoy viendo

las hojas del árbol pasar

como un triste presagio.

Y te habrás marchado

dejando una estela,

en un cielo herido de recuerdos.