Coge un compás,
haz centro en un papel
y traza una circunferencia.
Comprueba la equidistancia
de cada punto de esa línea
al centro: milimétricamente exacta.
Aquel arco, cerrado y perfecto,
es tu vida, el pasar de tus años;
mi amor es el punto diáfano
en donde hiciste centro.
Puede que la vida levante ese compás
y suenen otras músicas lejanas,
sin embargo, allí perdurará
un poro en el papel,
la eterna cicatriz
que voceará mi nombre.
Y ha de permanecer, también,
la equidistancia aquella
que, aun queriendo evitarla,
será huella perpetua.