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Charo Bernal Celestino

Poesía y novela: La necesidad de verterme en el papel

Cómo olvidar

(Imagen de Cris Parejaa)

Cómo olvidar el rastro peregrino que dejan tus dedos,

las bocas,

los miembros con hambre,

los desarrapados segundos pulsados,

la arquitectura nerviosa

de cada caricia,

el ángulo generoso de tu sonrisa,

tus ojos fijos

como un reloj parado,

como un faro

alumbrando mis pupilas,

tus manos de azada

labrando mis surcos

y tu pecho latiendo

en un compás

que recorre a la inversa

las agujas del reloj.

Apenas te vas

ya me dejas muerta.

Te propongo

(​imagen de Cris Parejaa)

Te propongo algo:

Que dejes a la tarde,

la violácea estela

de tus ojos vencidos.

Regálasela al viento.

¿Para qué la queremos?
Mira más allá,

detrás de las horas de mármol,

tras el hielo fundido.

Y verás que hay un lago de calma,

un camino de tréboles rojos

que alfombran el campo.
Entrégame esos versos desconchados, 

tus manos rotas,

las lágrimas que bordas

en la almohada…

que yo te tejo un firmamento

de silencios insomnes

y te acerco

los soldados de mis manos.
Necesito dejar de ver

marea baja

en el lienzo de tus ojos.

La tarde bosteza

Hay tardes, como esta,

que caen como un guijarro al agua.

Hundida y muda bosteza.

No se hará, la palabra, sonido.

Alarga sus perezosos dedos

y escribe en la niebla.

Incomprensibles pisan hondo los minutos.

Las hojas que se arquean

exigen lacerantes símbolos.

La bruma de tus ojos

pierde el rumbo

y se alarga el sonido del mar.

¿Por qué no nos quitamos

los relojes?

La estación ya no espera,

los trenes desesperan

y aún llevamos en mayo jersey.

No te lo he dicho aún,

pero extraño ser la llama

que se extinga entre tus brazos.

Ya sé que soy intensa,

protesta la tarde

ante mi quejumbre.

Sé que te irás

y estoy viendo

las hojas del árbol pasar

como un triste presagio.

Y te habrás marchado

dejando una estela,

en un cielo herido de recuerdos.

Mírame a los versos

Me miraste a los versos fijamente,

diluiste el empeño de las calles desiertas.

Con un dedo en tus labios

la súplica de silencio

quebró el adverbio.

Y no fue aquí ni cerca

donde mi piel te exigió tiempo.

Son las líneas que te escribo

caricias subversivas.

Así que, no me mires a los versos, te lo advierto.

Se romperá la secuencia

de tus besos

y los minutos nos arañarán la espalda.

Tú eliges si te atreves a mirarlos y atraviesas el espejo donde guardo mi diario.

El cielo

(fotografía de Manolo Barragán)

Como los faros encendidos de un coche

posé la estela de mis pupilas en él.

Los apagué enseguida,

no era necesario dar luz donde ya existía vida.

Una y otra, y otra, y otra vida,

un color que aparecía cuando el anterior se diluía.

Azul, amarillento, rojo, malva, lila…

Cada día un nuevo lienzo,

un nuevo misterio:

sus ojos, sus manos,

sus labios, sus dedos,

su espalda, su pecho…

Se desnuda el cielo

y la humildad se hace carne.

Mirarte desde un ángulo imperfecto debería,

deformando lo obvio,

disfrazando lo auténtico.

Y permanecer con los labios

sellados de sueños,

y las manos asidas al hilo de seda que te sostiene,

mientras, te observo en esta estúpida distancia

que se obstina en sujetar dos mundos: tierra y fuego, mar y aire.

Fútil empeño separar el sol del cielo.

Nos desaprendemos

Nos desaprendemos, sí,

nos desaprendemos,

y gestionamos la alquimia 

 de desproporciones.
Nos miramos con los dorsos

de las manos

ateridos de distancia.
Nos desaprendemos

con la torpeza de un relámpago iracundo,

electrizando el paso de nosotros y arrastrando un 

lastre confundido.
Nos desaprendemos,

solo, porque tú quieres 

abandonar el timón

y tropezar con la nieve.
Y, así, me desaprendes

y me dejas marchita

en esta primavera amarilla

que aún me envuelve.
Y cierras a mis ojos

el tul de tu sonrisa,

antes, tan claro e infinito…
Pero te estás marchando

cuando yo aún sigo viva

repleta de caricias.
Nos desaprendemos la savia,

la piel, las risas…
Nos desaprendemos todo,

y me dejas, herida de nostalgia, como un otoño pardo

de cáscaras vacías.

Ojos silenciosos

(Fotografía de Manuel Barragán)

¿Qué hacer con todo ese dolor?

¿Cómo repararte?

¿Cómo desmembrar cada minúscula fibra que te araña?

Rasgaría los segundos que te están marcando a fuego,

reptaría por el lodo insondable,

acanalaría el cielo

buscando una hebra de luz

para templar tu frente que tirita.

Porque, ¿sabes, mi vida?

esos posos de dolor

que en ti transitan

me atraviesan como dagas

la garganta,

y se erigen soberbios e indemnes.

Atacar sola

a ese terrible ejército que te hiere, querría,

enseñarle los dientes apretados,

con nuestras manos asidas,

con nuestras pupilas

encendidas como antorchas.

Combatir cada noche

una tormenta

hasta que llegue ese día

que sientas que

tienes los dedos ligeros como la harina,

Y, de nuevo, tu mirada será

como una avenida;

ancha somera.

Hasta entonces,

aquí me tienes,

como un perro guardián,

sin ladrar, pero,

mientras tanto, tu dolor

en mis ojos silenciosos

está pegando voces.

Apágame

Apágame y extiende un estor de un llano de agosto seco.

Amainame el pulso 

para que el latido de mi tinta no forme un coágulo de impulsos.

Colapsa mi respiración y véndame los ojos.

Tapa mis oídos y, aún así, seguiré sintiendo:

veredas donde no hubo huellas,

torrentes donde no hubo cauces,

música en este silencio marchito de ausencias, 

seda en la estraza

y azul en el lodo.

¡Que me apagues, te digo!

Ciérrame ya los ojos.

Aunque solo me quede el olor a la tierra mojada,

a la lavanda y al jazmín que nos sembramos.

Quédate ahí si tú quieres izar la bandera blanca.

Pero a mí…,

a mí déjame que arda.

Amantes siempre

Feliz día mundial de la poesía.
Ella que me atrapa,

me seduce y

me arrastra

hasta gemir.
Mujer de tinta,

de fuego y agua

que llevo pegada a la piel

y a mis dedos.

Ella y yo, 

amantes siempre,

cosidas,

enlazadas en un pacto

más allá 

de la propia muerte.

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